Las metodologías ágiles son técnicas para la gestión de proyectos que nacieron para métodos clásicos de gestión existentes. Aunque surgieron para el desarrollo de software, también han sido ajustadas para el manejo de otro tipo de proyectos.

El manifiesto ágil nació tras una reunión de un conjunto de especialistas, para ser exactos diecisiete. El manifiesto fue firmado por Kent Beck, Mike Beedle, Arie van Bennekum, Alistair Cockburn, Ward Cunningham, Martin Fowler, James Grenning, Jim Highsmith, Andrew Hunt, Ron Jeffries, Jon Kern, Brian Marick, Robert Cecil Martin, Steve Mellor, Ken Schwaber, Jeff Sutherland y Dave Thomas.

Algunos especialistas establecen que:

“El enfoque ágil tiene la ventaja de reducir el costo del cambio a través de todo el proceso de desarrollo” (Manifiesto Ágil).

            Para que una metodología sea considerada como metodología ágil, debe cumplir con el manifiesto ágil, que no es más que una serie de principios que se agrupan en 4 valores:

  1. Los individuos y su interacción, por encima de los procesos y las herramientas.

Este principio es quizás uno de los más importantes. Los procesos son guías que ayudan al trabajo y las herramientas mejoran la eficiencia, pero sin personas con conocimiento técnico y actitud, no producen resultados por sí solos.

Los procesos deben adaptarse a la organización, a los equipos y a las personas. Con procesos tecnificados y probados conseguimos resultados extraordinarios aunque el personal que los realice no esté en sintonía con ellos, y lo cierto es que este principio es peligroso cuando los trabajos necesitan creatividad e innovación.

  1. El software que funciona, frente a la documentación exhaustiva.

Ver de manera anticipada cómo se comportan las funcionalidades esperadas sobre prototipos o sobre partes elaboradas del sistema final ofrece el beneficio de retroalimentación y pueden ayudar a aflorar ideas nuevas.

Es poco común conseguir un documento que contenga cada requisito para comenzar un proyecto. Los documentos son soporte del software, permiten la transferencia del conocimiento, registran información histórica, y en ocasiones son obligatorios en temas legales, pero se resalta que son menos importantes que los productos que funcionan.

Los documentos no pueden sustituir, ni pueden ofrecer la riqueza y generación de valor que se logra con la comunicación directa entre las personas y a través de la interacción con los prototipos.

Si la organización y los equipos se comunican a través de documentos, además de perder la riqueza que da la interacción con el producto, estos documentos se acaban empleando de forma defensiva como barricadas ante departamentos o personas.

Se trabaja la confianza en el flujo de información entre los equipos. Cabe destacar que no se desestima el uso de los mismos, pero se establece reducir su uso al mínimo y solo para funciones muy puntuales.

En una próxima entrega veremos los dos principios faltantes, y un resumen del manifiesto. Espero les parezca interesante este tema y lo abro a debate: ¿Cómo puede influir el Manifiesto Ágil a los procesos productivos y de desarrollo de nuestra organización?

Autor: Moisés Buniak

Fuentes consultadas: https://es.wikipedia.org

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